sábado, 3 de diciembre de 2011

El dardo (versión revisada)

EL DARDO.



Cuando una halla la religiosidad,

lo infinito,

la fe en el amor,

enseguida se anotan las Iglesias

para hacer su agosto,

los fatídicos gurúes,

los profetas de tarifas inescrupulosas.



Después, esa gente

te vende un seguro,

por si quiebra tu compañía de seguros

y te planta sus séquitos dorados.



Como estos viles

tampoco tienen pensado abdicar

por el momento,

tendremos que seguir manteniendo

patronatos, templos, imperios, reinos

de cultores de la miseria.



Entonces, quiero pegarle

a una rica heredera desconocida,

que va por las calles,

mostrando cruces de plata,

ufana de sus limosnas.



Detesto a los poetas profanos

que estiman la belleza

como si fuera un mérito

o un atributo de Dios.



No es que desprecie

su presunta elegancia

de conducta intachable

o su refinada parsimonia.



No es que señoras como ésas

sean malas o tontas.

¿Por qué iban a serlo?

Les tocó andar por la vereda del sol.

Hablan idiomas,

lucen brillantes cabelleras

tratadas con buenos productos

desde sus nacimientos en cuna de oro.



Para ellas, el otro, los otros,

son apenas rodamientos útiles,

conejillos de indias de evolución transitoria,

mano de obra barata, confinados clientes,

público manso que las aplaude sin cesar.



Lo que me ocurre

es que nunca se cuestionan

la desigualdad.

Sus cenas de gala

para tristes caridades

alimentarían ejércitos.



No hay extrañamiento

en su rostros estigmatizados

por la prejuiciosa civilización.

Ellas sostienen el sistema.



No se incomodan ni exasperan

porque no hay necesidad.



Son especies diferentes de nosotras.

Se proclaman nobles Venus,

Hetairas superiores.



Escapan espantadas

si se las encara de frente,

aúllan de dolor

si se las denuncia por hipócritas y ladinas.



No entienden

y sollozan injuriadas

llamándonos: resentidas.

mientras sus caballeros

las consuelan

con vanagloria de sultán

y tesoros conseguidos

por apropiación viril.



No le es dado comprender

que cada cual

defiende lo suyo;

y nuestra supervivencia

depende de este grito ahogado

que lanzamos como un dardo

por no descuartizarlas.

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