viernes, 21 de marzo de 2008

El vendedor de abalorios

Aunque aún no lo hayas considerado, un televisor es una cosa muy importante y útil. Resulta, al fin y al cabo, al teniente y al coronel, el proveedor de avales, abalorios y avalanchas del prestigio y desprestigio universal. Es como el Hernán Cortés de los indios.
Sintonizá el canal equis, por ejemplo. La chica que vende productos para adelgazar es más esmirriada que un palo de escoba. ¿Para qué los necesita? te preguntarás. Error. Ella quedó así de flaca, por consumir las píldoras que te muestran en oferta, perejil. Punto a favor del televisor. Puro realismo mágico con garantía de satisfacción y a pagar en cómodas cuotas.
Cambiá de canal con el control remoto. En España lo llaman "mando a distancia". En efecto, él manda, vos obedecés.
Volvamos a la programación. Partido de fútbol Argentina-Angola (o Guinea del Sur, da lo mismo). Si querés ver deporte, vas por mal camino. Globos, porristas, peinados esmerados, camisetas de colores que anuncian empresas de supermercados, de cervezas o automóviles, publicidades de Bancos, bancos de suplentes, escupitajos y señores con micrófono ocupan toda la pantalla. Segundo punto a favor de nuestro electrodoméstico más preciado. Porque si uno quiere ver actividad física y estimularse para practicarla deberá ir a un gimnasio o un club. Una vez allí, solo depende de nosotros.
El tercer item a destacar es tan obvio que no sé si debo mencionarlo. Lo dijo Groucho Marx antes y mejor "La televisión estimula la lectura" y se fue al living a leer la obra cumbre de su tocayo "El capital, en los tiempos del cólera"
reflexionando sobre el maravilloso mercado que genera la publicidad o pro-pagando, y qué últimamente, ha revolucionado la física y la genealogía del Tiempo.
Nueva advertencia profética. No me contradigan. La televisión, mis queridos contertulios logró invertir el curso del tiempo. De modo tal, que los espacios publicitarios son apenas interrumpidos por breves contenidos de programación, previo pago del costo de pantalla caliente, en el minuto a minuto.
Nada de andar hablando ante las cámaras del sinsentido de la vida, de la literatura barroca, de lo absurdo del concepto de posmodernidad, de cómo debe uno moverse con libre arbitrio y responsabilidad ética. Nu nunú nú. El verdugo y sus aliados te exhiben la felicidad doméstica e hipocalórica de la leche cortada con lactobacilus y polipropileno, en bonitos y coloridos envases de termoplástico semicristalino, resistente al impacto, al frío y al calor y con cuentos de Casi ángeles de Floricienta y los siete enanos.
Dios quiera que esta tarde no fastidien golpeando a nuestra puerta, dale que dale, o quedándose pegados al timbre, el chico ése que vende trapos de piso, la señora de las bolsitas de residuos, el del plan de seguro de salud y ambulancia garantizada, el sodero del vecino, los testigos de Jehová o los que piden algo de comer. Todos estos personajes molestos de nuestro entorno son meros aprendicea al lado del mejor vendedor del mundo, el más solidario, nuestro inefable televisor, nuestro amigo, qué digo amigo, un miembro más de la familia, un hermano mayor que nos permite vivir en su cocina-comedor, dormir en la habitación principal, y que además, es tan considerado que no nos cobra el alojamiento cuando está apagado.