viernes, 11 de enero de 2008

EL PRÍNCIPE Y LAS MAREAS LITERARIAS.




Nick Nolte.


EL PRINCIPE Y LAS MAREAS LITERARIAS.

Me parece que fue un miércoles por la tarde. Tal vez, martes. No lo podría precisar con exactitud.
Acababa de cruzar la avenida con rumbo a los cines de Lavalle y al pasar por el Petit Café, creí descubrir a través de la vidriera que da a 9 de Julio, a Nick Nolte escudriñando Buenos Aires.
Pocos días antes había lo visto en un canal de cable en aquella película cuyo nombre ahora se escapa de mi recuerdo, en la que él actuaba como profesor con mi adorada Bárbara. Es igual para el caso. Llevaba una barba apenas crecida y sus ojos encerraban un trasmundo inofensivo.
Tuve un reflejo automático. Estimulada por mi adicción al café de las confiterías céntricas torcí mi rumbo y entré a ese bar, con paso decidido. Me senté en una de las mesitas que dan sobre Corrientes.
El actor estaba acompañado por una señora bajita, de piel morena, de unos cincuenta y tantos años. Aparentaba ser una secretaria. Se la notaba excitadísima mientras hablaba por su celular en un mal inglés de academia. Nick no me quitaba la vista de encima. Yo me sonreía internamente por la exótica situación.
Nadie lo había reconocido porque los diarios no habían anunciado su llegada al país. Era un viaje de los que los artistas llaman de incógnito, como si ser desconocido fuera solamente cuestión de proponérselo usando un pasaporte falso o un traje de corte y confección barata.
Al cabo de varios minutos de extrema afectación, la mujer se levantó para ir a perfumarse todavía más. Fue en ese lapso que él llamó al mozo y le pidió que me entregara una servilleta de papel con un número de teléfono.
Cuando la mujer regresó del baño yo ya había pagado mi cuenta y él esperaba ansioso el momento de mi salida.
Nos cruzamos en la puerta giratoria.
Entonces exclamé alborozadamente:
-Aren´t you Nick Nolte?
- Yeah.
-NOOOOOOOO. No es él. No moleste al caballero, señora- gritó la asistente con porteño acento típico de La Paternal.

Él me guiñó un ojo asombrado, enarcó las cejas y se perdieron entre la multitud de gente.
Un par de horas después,horas que me parecieron medio siglo, marqué el número que me diera por intermedio del mozo y del otro lado del aparato relució su dulce voz invitándome a cenar en un hotel de cinco estrellas esa misma noche.

Aquí interrumpo el relato.
Si contara qué pasó entre nosotros muchos no me lo creerían, o dirían que soy una mitómana crónica, o una prostituta de ocasión o una incurable soñadora o... tampoco me interesa...

Decido callar.
Es la mejor manera de que se sepa cual fue el final de la historia. De verdad.

No hay comentarios: