viernes, 11 de enero de 2008

DON ABELARDO


"A Julio Cortázar,
a usted, Borges.
y perdón si los salpiqué"





Abelardo Castillo.


Don Abelardo:

Usted no me conoce. Bueno, sí me conoce, pero no personalmente. Se acabó lo que se daba. Vine a matarlo.

Hace tiempo que me viene rondando la idea matar a uno de los suyos, por motivos que ya le explicaré. Quiso la Virgen que me contaran donde vivía y a qué horas estaba solo. Y es usted, don Abelardo, el anillo de mi dedo, porque fue un sádico ejecutor de la cofradía de los borrachos útiles.

Mi pistola está cargada, y como quizás pudo advertir apunta directamente a su pecho. No intente convencerme, porque mi decisión es irrevocable. Lo tengo todo planeado, enseguida le paso a relatar. Primero, le colocaré la cinta adhesiva amordazando su boca, viejo; y estas esposas nuevitas que compré para la ocasión, a un jefe pandilleros, que trabaja de patovica en un boliche.

No crea que se la va a llevar así de arriba. De ninguna manera. Tiene que comprender los motivos que me impulsan porque de lo contrario este crimen, que quedará impune -no se impaciente, ya verá que todo está bajo control-, este crimen no tendría sentido alguno y solamente ocuparía un par de días la primera plana de algún diario, con el deshonroso título de: "Presidenta (no se enfade, que los diarios escriben así, mal y a la que te criaste cuando se trata de estas noticias de policiales), Presidenta del Club de Admiradores asesinó a ... " Como podrá imaginar, una persona que gozó con su literatura y que admira a los escritores tanto como yo no debe caer en algo tan trivial como eso.

Mi delito tendrá motivos suficientes (móvil justificado), no habrá pruebas en mi contra y quedaré exenta de todo cargo. Lo digo no por copiarme del final de uno de sus cuentos sino porque ya se sabe, es lo que ocurre siempre en nuestro bendito país.
No tendría que decir bendito, lo sé. Tengo 69 años y todavía vivo en la Villa de Retiro. Trabajé toda mi vida como empleada doméstica y nunca pude comprarme una casita. Pero, qué le cuento si usted debe acordarse bien qué pasó en los últimos lustros.

Ya sé que quiere hablar pero no puede, don Abelardo, y yo tampoco puedo quitarle la cinta, hasta que lo mate porque si gritara estropearía el plan que se me ocurrió.

Empiezo por el principio, si me permite: la señora de la casa donde yo trabajaba tenía mi misma edad. Murió hace dos meses. Ella era una buena persona, dicen, y como no podía pagarme mucho me enseñaba a leer y me prestaba libros. La mayoría, me los compraba yo, en los remates de Corrientes. No tengo jubilación, los hijos de mi empleadora ya vendieron el departamento y me quedé otra vez sin un baño decente. Pero no es por estas razones que vine a matarlo. No.

Ocurre que hace muchos pero muchos años yo me enamoré de otro como usted, parecido... vamos... casi su símil o su alter ego. Leía todos sus libros varias veces, anotaba las palabras que más me conmovían.
Después él murió de neumonía y yo traté de olvidarlo como pude. Aunque la foto suya me lo recordó de inmediato.

Ahí viene su intervención en esta historia.
Cierta vez, me di cuenta de algo sorprendente.
Fue justamente una tarde que al finalizar un cuento suyo, usted decía exactamente lo mismo que yo venía escribiendo hace tiempo. Era algo sobre el resentimiento, que tiene categorías, cosas muy sesudas que uno se pregunta. a veces, de dónde sacan los escritores estas cuestiones. Sin embargo, aquí el shock fue enormísimo porque, don Abelardo, yo siempre le leía las cosas que garabateaba (mis malos apuntes) a la señora Matilde, antes de que pasara a mejor vida. Muchas noches cuando terminaba algo que me parecía bueno, me iba a un locutorio y llamaba por teléfono a mi patrona, y ella me halagaba, muy bien Eladia, muy lindo. Casi siempre me decía te pasaste, Eladia, te pasaste. A mi me daba mucha vergüenza porque eso significaba que la señora me... me quería un poco o por lo menos me apreciaba.
No es fácil vivir en este asentamiento, porque aquí no hay amigos que valgan. Primero la subsistencia y además ¿con quien iba yo a hablar de cuentos fantásticos en mi barrio donde lo más fantástico es despertarse al día siguiente?
Ahora bien, no se sulfure, don Abelardo. Todo lo que le digo es la pura verdad. Usted tiene la culpa de que yo venga a matarlo, hombre.
Verá. Esa noche, cuando me babeaba con su libro de Las panteras y el templo, encontré Una flor es cosa de siglos y ahí me di cuenta de todo. Al principio ni lo noté de tan fascinada que me tenía la lectura, pero cuando llegué a eso de que cuando usted, escribe un mal cuento se compra un buen traje no tuve más dudas.

Usted, Castillo, trabajaba para los servicios de inteligencia y me espiaba. Era uno más de los que me espiaban. Ese cuento, Castillo, reconózcamelo no es suyo. Es mío.

Usted y sus delfines de La cuarta pared me lastimaban con su indiferencia y su voyeurismo profesional y yo empecé a planificar cómo terminaría por asesinarlo la primera vez que acabé los Cuentos Completos, que le editó Alfaguara.

Tengo que confesarle esto porque de lo contario me muero si no lo hago. ¿Y a usted qué le importa?

No había leído nada suyo con anterioridad, aunque conocía bien su nombre y apellido por los diarios.
Tengo ese defecto borgiano, o borgeano como dicen ahora, que me inculcó la difunta, Dios la tenga en la gloria y no la deje bajar, y fue el de leer a los autores que ya tenían categoría de clásicos. Entiendo ahora que fue un error. Habría comprendido muchas verdades si me hubiera dedicado más a los contemporáneos.

Pero ¿sabe? cuando una ama lee y ama. Y yo no tenía ojos para los muchachos que tiraban letras en revistas de moda. Para eso estaba yo escribiendo mis papeles y dándoselos a corregir a doña Matilde. Vieja ramera, la difunta. Ella le pasaba a usted mis cositas y usted, las limaba un poco y las publicaba como propias. Yo las había escrito antes y usted se hacía famoso, cobraba derechos de autor, lo invitaban a fiestas paquetas y podría viajar a conocer al Papa o salir con las chicas de la tapa de Playboy si le daba la gana.

Usted pensaba que yo era una especie de tilinga de la villa, que podría burlarme y todo eso. Usted y los delfines, los Fernández, los Martínez, los López...

Me los conocía como a la palma de mi mano. Me perseguían y cobraban buena plata por hacerlo.

Y yo seguía planchando, cocinando y barriendo la mugre de la señora Matilde, que me regalaba los vestidos que ya no le cerraban porque engordaba como una chancha renga y me decía: "Eladia, seguí escribiendo... que algún día..." Zorra de mierda. "Seguí participando y ganá", como la raspadita que nunca repartió un premio en la villa. Algún día... también a ella tuve que matarla.

Usted comprenderá que no se la tenía que llevar de arriba tampoco. ¿Cómo podría haber adivinado que yo, Eladia era "su" Laura? Y remarco el "su" con los dedos, como hacen ahora los pseudo intelectuales que dan cátedra, como si dibujara comillas en el aire, aunque ya sé que no me está viendo, don Abelardo.
"Estás delirando, Eladia", me decía, "Tomate las pastillas" y se reía.
Me quería mandar a ver a un psicólogo que aparece en televisión y que también escuchábamos por la radio.
Hasta que aquella noche, ya trabajaba con cama adentro,
el Licenciado dijo socarronamente en su programa diario: "A mi la cotidianeidad no se me hace rutina" , frase que acuñé hace años, como le consta. Yo me puse de pie a al lado de Matilde que ya estaba postrada por la gordura en ese tiempo y dije:
-¿Así que vos...?
La tuteé por primera vez y ella entendió perfectamente que la estaba vacilando. La cara de la canalla se transformó en horror.
No soy tonta y largué una carcajada. La pobre creyó que me había prestado a una broma sin consecuencias y se durmió.

De ahí a cambiarle la medicación por aspirinas hubo un santiamén.
A la semana la estábamos velando.
Tuve la precaución de hacerle tragar los remedios pertinentes unas horas antes de que dejara este mundo. Cuando la enfermedad no tenía regreso se los di bien disueltos con las últimas gotas de té, por si le hacían una autopsia.
¡Qué le iban a hacer! No le hicieron nada y los hijos andaban exaltados (no digo contentos) porque el departamento de Quintana valía una fotuna y la madre había ordenado la sucesión unos meses antes.

Ahora le toca a usted, don Abelardo.
Sé que me escucha, aunque del susto que le causé - o tal vez fue la impresión del encuentro- cuando me vio en el umbral con el arma en la mano, se desmayó.

Igual no me voy a arriesgar a quitarle la mordaza ni las esposas, no se crea. Y por las dudas, traje el gas paralizante en la cartera, no vaya a ser que despierte y me arruine el crimen con pedidos desesperados de auxilio.

Si me llegara a descubrir alguna vecina no me preocupo, porque la semana que viene cumplo setenta años (igual que la edad de Matilde, "como si fuéramos de la familia" y me daba un ramito de olivo con un beso para Pascuas), ¿dónde andaba? ah... sí... le decía que la semana próxima cumpliré setenta años y como no tengo que dejarle nada a nadie, porque Dios no me dio hijos, ni el diablo sobrinos, ni amigos tengo, y más que otra cosa lo que no tengo, fuera de los libros que ayer doné a la Biblioteca de la Iglesia, es una casa de herencia.

A los setenta, la gente como nosotros no ignora que si caigo (pero tengo todo parejo y sincronizado) me darán arresto domiciliario si descubren la maniobra (ya ve que de algo me sirvió leer los policiales puntualmente), pero igual si no lo hacen, moriré pronto en la villa, porque llegará el invierno en menos de lo que canta un gallo.

Ahora, permítame.
Voy a proceder con usted, don Abelardo.







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II-






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