domingo, 20 de enero de 2008

YO NO SOY PERFECTA. (You say you want a revolution)

Yo no soy perfecta. No se confundan.
Ni fui ni lo seré, aunque me lo digan.
Mi primer novio era fiel a los Beatles,
Un fan casposo.
(You may say I´m a dreamer)

La cosa es que memoricé las letras
en inglés, por supuesto, biografías
con nombres de mujeres que no existen
en Studio Uno.
(There are places I remember)

El padre de mi hijo era un agente
de viajes y turismo, un entendido
en reservas de hoteles, aerolíneas
y en cruceros.
(That is confusing things)

Nos armamos la propia compañía,
de tanto que aprendí el abecedario,
las leyes de la empresa, las sabía
como nadie.
(In the land of submarines)

Mas luego, idealicé a un mal cantante,
un tipo que la iba de poeta,
Baudelaire y Rimbaud eran mi sopa
diaria y feliz.
(There's no fun in what I do if he's not there)

Contar sílabas aburre y fastidia.
Lo hice por complacerlos, lo confieso,
ni soy emprendedora ni soy lírica,
apenas Lu.
(without... a sky of diamonds)

Me llevo con mis huesos como puedo,
abro mi corazón a lo fortuito
mañana estudiaré música o griego,
quizás, no sé...
(Sergeant Pepper's lonely, Sergeant Pepper's lonely
Sergeant Pepper's Lonely Hearts Club Band)


Tendré que irlo contando en los rincones,
de pie en los cursos o en un bar abierto,
no prometo nada, iré fluyendo
la vida es eso.
(
And in the end the love you take
is equal
to the love you make.)

martes, 15 de enero de 2008

EL BRONCE Y EL BARRO.

EL BRONCE Y EL BARRO.


Me excita tu sudor de media tarde
y las uñas mugrosas del trabajo,
tu estructura
apolínea en los tablones
para subirte a techos y escaleras
y verte, amor,
trepar por las cornisas.

Me estremece la piel
tu mansedumbre de aceptar
tantas cosas evitables
y no darle un trompazo al empresario
que firma tu despido
con desprecio
por razones que nunca te involucran.

En el fondo, te asiste una certeza:
que él era
un pobre hombre descartable;
que podrás, en rigor, recuperate
de otra ingrata caída del torreón
y volver a trabajar
por tu familia,
por vos,
porque es la vida,
y no hay tutía,
y aunque nadie te pida que lo hagas,
como si fueses juez, parte y testigo
y el amor se tratase de encomiendas
de soles
que no alumbran a los huérfanos.

Me gusta porque sos un caballero
que no sabe leer en mis poemas
ni le encuentra sentido
a las gestiones esparcidas
en arte y con esmero
en la página abierta de tu boca.

Me atrae que me devuelvas a este sitio
de cena en la cocina y sobremesa,
de ávidas miradas lujuriosas,
que no pierden el tiempo en la escritura
y se posan lascivas en los cuerpos.

Y cuando penetras en mí
y se esfuma al calor,
un cielo abstracto
con nombres de pintores,
de poetas,
y músicos de un clan que se ha extinguido,
te amo y vuelvo a amarte,
aún, todavia.

El Arzobispo pedirá que no pequemos
pero no haremos caso,
nos escaparemos
a fornicar entre los plátanos
de un barrio que está aislado de los centros,
con aroma a laurel y a mandarinas.

Sin perjuicio de lo dicho,
mi querido,
permite que te cuente
que entre las dos creaciones,
hijas del Sublime,
la tuya es la vital,
la verdadera,
la que deja azur rastro en las estirpes.
¿La mía?
La mía viaja en una calavera
sin dientes,
por mucho que se implanten
en clínicas lujosas del suburbio,
y tenga la piel suave por las cremas
y el brillo del champú
entre los cabellos.

Y adoro que después del coito intrépido
me expliques los detalles del estúpido
programa de ficciones
que viste por la noche,
cierto martes,
e imagino que Homero
se retuerce en su cripta
con épicas metáforas;
y te contente tan trivial escena
después de construir tus catedrales.

Y cuanto no andás cerca
el mundo se derrite
y te echo de menos en las bibliotecas.
Necesito tenerte y ser tu enclave,
tu dueña y tu operaria,
tu puta, tu mujer, tu enterradora.
Necesito empacharme de caricias
que la frialdad del bronce escamotea.

viernes, 11 de enero de 2008

HOY AMANECÍ MUERTA.

Vos estás atrasado, desfasado, yo en cambio estoy muchísimo peor.
Te cuento lo que me pasó el viernes 11 de enero de este bendito 2008.


HOY AMANECÍ MUERTA.

Hoy amanecí muerta.
Quiero decir, amanecí, me levanté, tomé café, empecé la rutina diaria, no como un zombi ni una aparición sino como una muerta.
A ver si puedo sonsacarle a ese sentimiento de vejación física palabras escrupulosamente descriptivas. No parece tarea sencilla.
Quiero decir muerta en el sentido de haber perdido mi vida anterior y tener la percepción de un inexistente futuro a la vista, como si volara sobre una capa transparente de Superman. Con esa liviandad que los filósofos llamarían alucinación no fenomenológica. Ausente del espacio terrenal me vi muerta desde afuera de mis ojos, igual que ves a un cadáver inerte pero al revés. Yo era ese cadáver del escenario. No sé si me explico. Mi cadáver me veía circular por el piso, desnuda por completo. Aclaro que no es la primera vez que me sucede algo tan estrambótico y fatal. Me pasa cada dos por tres, llueve.

No puedo tocarme y en el espejo no aparece reflejada sino una lamparilla del dormitorio que titila.
Descubro apostada una sombra, a través de la claridad de la puerta de entrada. Alguien intenta acceder a mi casa. ¿Un ladrón? Nada de eso. Una persona, que presumo que ha de ser bastante mayor, un jubilado tal vez, quiere dejar una publicidad callejera, uno de esos folletos que nunca leeremos. Un panfleto, vamos.

La sombra se detiene, se dibujan sus pies en el contraluz, y permanece unos segundos observando a través del agujero de la cerradura -esto es real- extasiado con la imagen de una mujer desnuda (siempre ando desnuda porque vivo sola), pero su ojo ignora que no hay ninguna mujer allí, porque esa mujer que era yo, almohadilla en estos momentos su cuerpo en un féretro, rodeada de un penetrante olor a flores.

Mis pies se alzan varios centímetros del suelo (prueba fehaciente de que sigo fallecida) mientras me deslizo por el escritorio del recibidor y al verme el de la sombra comienza a silbar del otro lado, hasta que se acobarda por unos golpes que se escuchan en la retaguardia, y se va con disimulo sin dejar el catálogo, a contar la anécdota por ahí ("esta mañana vi una mina en bolas flotando por su casa preparándose para escribir una carta"). El hombre no podía distinguir que esto no era una carta sino un obituario. Mi testamento y réquiem.

Santina R.E., muerta el 9 de enero del año en curso, fue hallada por familiares dos horas después de haber sido estrangulada en su cama por un desconocido. Se presume que el asesino era una persona allegada a su confianza, dado que las primeras pericias revelan que no existen señales de violencia por forcejeos ni se ha robado cosa alguna.

Ahora andarán buscando al pobre volantero de las sombras. Dos testigos lo advirtieron desde la calle de enfrente, agachado en el umbral, espiando hacia el interior. El señor declarará que eso ocurrió a las diez de la mañana, que me vio sin ropas ("ni bombacha llevaba puesta la víctima") y eso es estrictamente cierto, dijeron los vecinos que lo pispearon. Pero el atraco, según el informe, se perpetró entre las 6 y las 8, y a las 10 el cuerpo ya empezaba a ponerse rígido y a enfriarse.

Dejaron ir al sospechoso, mas el hombre lloraba. "No puede ser", gemía. "La vi viva a las diez". Yo lo consolaba. "Sí, querido, sí, eso fue a las diez, no te preocupes.
Ellos no saben que esta mañana me levanté muerta. No digas nada. Andá tranquilo, un abrazo. Gracias por despertarme de la pesadilla."

EL PRÍNCIPE Y LAS MAREAS LITERARIAS.




Nick Nolte.


EL PRINCIPE Y LAS MAREAS LITERARIAS.

Me parece que fue un miércoles por la tarde. Tal vez, martes. No lo podría precisar con exactitud.
Acababa de cruzar la avenida con rumbo a los cines de Lavalle y al pasar por el Petit Café, creí descubrir a través de la vidriera que da a 9 de Julio, a Nick Nolte escudriñando Buenos Aires.
Pocos días antes había lo visto en un canal de cable en aquella película cuyo nombre ahora se escapa de mi recuerdo, en la que él actuaba como profesor con mi adorada Bárbara. Es igual para el caso. Llevaba una barba apenas crecida y sus ojos encerraban un trasmundo inofensivo.
Tuve un reflejo automático. Estimulada por mi adicción al café de las confiterías céntricas torcí mi rumbo y entré a ese bar, con paso decidido. Me senté en una de las mesitas que dan sobre Corrientes.
El actor estaba acompañado por una señora bajita, de piel morena, de unos cincuenta y tantos años. Aparentaba ser una secretaria. Se la notaba excitadísima mientras hablaba por su celular en un mal inglés de academia. Nick no me quitaba la vista de encima. Yo me sonreía internamente por la exótica situación.
Nadie lo había reconocido porque los diarios no habían anunciado su llegada al país. Era un viaje de los que los artistas llaman de incógnito, como si ser desconocido fuera solamente cuestión de proponérselo usando un pasaporte falso o un traje de corte y confección barata.
Al cabo de varios minutos de extrema afectación, la mujer se levantó para ir a perfumarse todavía más. Fue en ese lapso que él llamó al mozo y le pidió que me entregara una servilleta de papel con un número de teléfono.
Cuando la mujer regresó del baño yo ya había pagado mi cuenta y él esperaba ansioso el momento de mi salida.
Nos cruzamos en la puerta giratoria.
Entonces exclamé alborozadamente:
-Aren´t you Nick Nolte?
- Yeah.
-NOOOOOOOO. No es él. No moleste al caballero, señora- gritó la asistente con porteño acento típico de La Paternal.

Él me guiñó un ojo asombrado, enarcó las cejas y se perdieron entre la multitud de gente.
Un par de horas después,horas que me parecieron medio siglo, marqué el número que me diera por intermedio del mozo y del otro lado del aparato relució su dulce voz invitándome a cenar en un hotel de cinco estrellas esa misma noche.

Aquí interrumpo el relato.
Si contara qué pasó entre nosotros muchos no me lo creerían, o dirían que soy una mitómana crónica, o una prostituta de ocasión o una incurable soñadora o... tampoco me interesa...

Decido callar.
Es la mejor manera de que se sepa cual fue el final de la historia. De verdad.

PSICOANALISTAS Y ACTUADORES

"Antes morir que pecar".
San Luis Gonzaga.

PSICOANALISTAS Y ACTUADORES.


Dios no puso nombre a las cosas.
No, no y no. Fueron los psicoanalistas.

Hay que temer a los psicoanlistas, porque si ellos dicen que eres un actuador estás sonado y si dicen que eres un espectador estás más sonado todavía.

Hay que temer a esos seres blandos y blancos, generalmente más blandos que blancos, que te cobran para decirte que estás equivocado, que tienes un trauma, que hay que tener miedo.

El miedo vende bien. Es causa de enfermedades. Si temes buscas alivio. Si quieres el alivio de tu terapeuta pagas.

Si te enamoras de sus palabras hermosas, y como Baudrillard sabes que han ejercido seducción por el ofico, dirán que has caído en transferencia (si no les gustas para tener una experiencia sexual curativa), o si eres por caso, mujer y tu trasnochado psicólogo es homosexual o misógino.

Si te escapas de sus garras habrá "resistencia al tratamiento". Si no consigues empleo y tus cosas andan mal y dices que lo abandonas porque la consulta te sale un ojo de la cara, no eres lo suficientemente apto para la supervivencia. Apto significa canalla. Tendrás que conseguir un empleo extra, o caer en algún delito que te permita solventar el goce de tener a alguien que por fin te escuche, ya que el maldito televisor se niega a hacerlo luego de darte los "buenos días" en el noticiero y no para de hablar.

Terapia es confesión.
Enfermedad, pecado, muerte civil.

En el lenguaje psiconalista se habla de sujetos “actuadores”. Son éstos, individuos que pasan a la acción antes de procesar la información y casi repentinamente.

Sin embargo, prefiero pecar y ser una actuadora a una modesta actriz. Los actuadores obramos por emoción, por pasión, por filosofía. Sostenemos nuestro propio libreto y salimos a las tablas. No repetimos a los autores de moda ni a esos clásicos soporíferos que hay que adorar, como se adora a un niño que tuvo la desgracia de no vivir su burguesita vida, para escribir las novelas de búsqueda del tiempo perdido, que tanto tiempo nos hicieron perder.


Lu.


Se notifica a padres y educadores que en este texto se ha utilizado el siguiente vulgarismo, propio de Argentina, Bolivia y Uruguay:
Sonar: Morir o padecer una enfermedad mortal.
Aleje a los niños de esta pantalla. Próximamente se instalarán gabinetes psicológicos en todo los hospitales y las escuelas del país, y en todos los turnos, a fin de evitar que estos estropicios del lenguaje, que comete la improvisada autora de pseudo Literatura en blogs, no circulen por las calles para bien y salvación de la humanidad entera

DON ABELARDO


"A Julio Cortázar,
a usted, Borges.
y perdón si los salpiqué"





Abelardo Castillo.


Don Abelardo:

Usted no me conoce. Bueno, sí me conoce, pero no personalmente. Se acabó lo que se daba. Vine a matarlo.

Hace tiempo que me viene rondando la idea matar a uno de los suyos, por motivos que ya le explicaré. Quiso la Virgen que me contaran donde vivía y a qué horas estaba solo. Y es usted, don Abelardo, el anillo de mi dedo, porque fue un sádico ejecutor de la cofradía de los borrachos útiles.

Mi pistola está cargada, y como quizás pudo advertir apunta directamente a su pecho. No intente convencerme, porque mi decisión es irrevocable. Lo tengo todo planeado, enseguida le paso a relatar. Primero, le colocaré la cinta adhesiva amordazando su boca, viejo; y estas esposas nuevitas que compré para la ocasión, a un jefe pandilleros, que trabaja de patovica en un boliche.

No crea que se la va a llevar así de arriba. De ninguna manera. Tiene que comprender los motivos que me impulsan porque de lo contrario este crimen, que quedará impune -no se impaciente, ya verá que todo está bajo control-, este crimen no tendría sentido alguno y solamente ocuparía un par de días la primera plana de algún diario, con el deshonroso título de: "Presidenta (no se enfade, que los diarios escriben así, mal y a la que te criaste cuando se trata de estas noticias de policiales), Presidenta del Club de Admiradores asesinó a ... " Como podrá imaginar, una persona que gozó con su literatura y que admira a los escritores tanto como yo no debe caer en algo tan trivial como eso.

Mi delito tendrá motivos suficientes (móvil justificado), no habrá pruebas en mi contra y quedaré exenta de todo cargo. Lo digo no por copiarme del final de uno de sus cuentos sino porque ya se sabe, es lo que ocurre siempre en nuestro bendito país.
No tendría que decir bendito, lo sé. Tengo 69 años y todavía vivo en la Villa de Retiro. Trabajé toda mi vida como empleada doméstica y nunca pude comprarme una casita. Pero, qué le cuento si usted debe acordarse bien qué pasó en los últimos lustros.

Ya sé que quiere hablar pero no puede, don Abelardo, y yo tampoco puedo quitarle la cinta, hasta que lo mate porque si gritara estropearía el plan que se me ocurrió.

Empiezo por el principio, si me permite: la señora de la casa donde yo trabajaba tenía mi misma edad. Murió hace dos meses. Ella era una buena persona, dicen, y como no podía pagarme mucho me enseñaba a leer y me prestaba libros. La mayoría, me los compraba yo, en los remates de Corrientes. No tengo jubilación, los hijos de mi empleadora ya vendieron el departamento y me quedé otra vez sin un baño decente. Pero no es por estas razones que vine a matarlo. No.

Ocurre que hace muchos pero muchos años yo me enamoré de otro como usted, parecido... vamos... casi su símil o su alter ego. Leía todos sus libros varias veces, anotaba las palabras que más me conmovían.
Después él murió de neumonía y yo traté de olvidarlo como pude. Aunque la foto suya me lo recordó de inmediato.

Ahí viene su intervención en esta historia.
Cierta vez, me di cuenta de algo sorprendente.
Fue justamente una tarde que al finalizar un cuento suyo, usted decía exactamente lo mismo que yo venía escribiendo hace tiempo. Era algo sobre el resentimiento, que tiene categorías, cosas muy sesudas que uno se pregunta. a veces, de dónde sacan los escritores estas cuestiones. Sin embargo, aquí el shock fue enormísimo porque, don Abelardo, yo siempre le leía las cosas que garabateaba (mis malos apuntes) a la señora Matilde, antes de que pasara a mejor vida. Muchas noches cuando terminaba algo que me parecía bueno, me iba a un locutorio y llamaba por teléfono a mi patrona, y ella me halagaba, muy bien Eladia, muy lindo. Casi siempre me decía te pasaste, Eladia, te pasaste. A mi me daba mucha vergüenza porque eso significaba que la señora me... me quería un poco o por lo menos me apreciaba.
No es fácil vivir en este asentamiento, porque aquí no hay amigos que valgan. Primero la subsistencia y además ¿con quien iba yo a hablar de cuentos fantásticos en mi barrio donde lo más fantástico es despertarse al día siguiente?
Ahora bien, no se sulfure, don Abelardo. Todo lo que le digo es la pura verdad. Usted tiene la culpa de que yo venga a matarlo, hombre.
Verá. Esa noche, cuando me babeaba con su libro de Las panteras y el templo, encontré Una flor es cosa de siglos y ahí me di cuenta de todo. Al principio ni lo noté de tan fascinada que me tenía la lectura, pero cuando llegué a eso de que cuando usted, escribe un mal cuento se compra un buen traje no tuve más dudas.

Usted, Castillo, trabajaba para los servicios de inteligencia y me espiaba. Era uno más de los que me espiaban. Ese cuento, Castillo, reconózcamelo no es suyo. Es mío.

Usted y sus delfines de La cuarta pared me lastimaban con su indiferencia y su voyeurismo profesional y yo empecé a planificar cómo terminaría por asesinarlo la primera vez que acabé los Cuentos Completos, que le editó Alfaguara.

Tengo que confesarle esto porque de lo contario me muero si no lo hago. ¿Y a usted qué le importa?

No había leído nada suyo con anterioridad, aunque conocía bien su nombre y apellido por los diarios.
Tengo ese defecto borgiano, o borgeano como dicen ahora, que me inculcó la difunta, Dios la tenga en la gloria y no la deje bajar, y fue el de leer a los autores que ya tenían categoría de clásicos. Entiendo ahora que fue un error. Habría comprendido muchas verdades si me hubiera dedicado más a los contemporáneos.

Pero ¿sabe? cuando una ama lee y ama. Y yo no tenía ojos para los muchachos que tiraban letras en revistas de moda. Para eso estaba yo escribiendo mis papeles y dándoselos a corregir a doña Matilde. Vieja ramera, la difunta. Ella le pasaba a usted mis cositas y usted, las limaba un poco y las publicaba como propias. Yo las había escrito antes y usted se hacía famoso, cobraba derechos de autor, lo invitaban a fiestas paquetas y podría viajar a conocer al Papa o salir con las chicas de la tapa de Playboy si le daba la gana.

Usted pensaba que yo era una especie de tilinga de la villa, que podría burlarme y todo eso. Usted y los delfines, los Fernández, los Martínez, los López...

Me los conocía como a la palma de mi mano. Me perseguían y cobraban buena plata por hacerlo.

Y yo seguía planchando, cocinando y barriendo la mugre de la señora Matilde, que me regalaba los vestidos que ya no le cerraban porque engordaba como una chancha renga y me decía: "Eladia, seguí escribiendo... que algún día..." Zorra de mierda. "Seguí participando y ganá", como la raspadita que nunca repartió un premio en la villa. Algún día... también a ella tuve que matarla.

Usted comprenderá que no se la tenía que llevar de arriba tampoco. ¿Cómo podría haber adivinado que yo, Eladia era "su" Laura? Y remarco el "su" con los dedos, como hacen ahora los pseudo intelectuales que dan cátedra, como si dibujara comillas en el aire, aunque ya sé que no me está viendo, don Abelardo.
"Estás delirando, Eladia", me decía, "Tomate las pastillas" y se reía.
Me quería mandar a ver a un psicólogo que aparece en televisión y que también escuchábamos por la radio.
Hasta que aquella noche, ya trabajaba con cama adentro,
el Licenciado dijo socarronamente en su programa diario: "A mi la cotidianeidad no se me hace rutina" , frase que acuñé hace años, como le consta. Yo me puse de pie a al lado de Matilde que ya estaba postrada por la gordura en ese tiempo y dije:
-¿Así que vos...?
La tuteé por primera vez y ella entendió perfectamente que la estaba vacilando. La cara de la canalla se transformó en horror.
No soy tonta y largué una carcajada. La pobre creyó que me había prestado a una broma sin consecuencias y se durmió.

De ahí a cambiarle la medicación por aspirinas hubo un santiamén.
A la semana la estábamos velando.
Tuve la precaución de hacerle tragar los remedios pertinentes unas horas antes de que dejara este mundo. Cuando la enfermedad no tenía regreso se los di bien disueltos con las últimas gotas de té, por si le hacían una autopsia.
¡Qué le iban a hacer! No le hicieron nada y los hijos andaban exaltados (no digo contentos) porque el departamento de Quintana valía una fotuna y la madre había ordenado la sucesión unos meses antes.

Ahora le toca a usted, don Abelardo.
Sé que me escucha, aunque del susto que le causé - o tal vez fue la impresión del encuentro- cuando me vio en el umbral con el arma en la mano, se desmayó.

Igual no me voy a arriesgar a quitarle la mordaza ni las esposas, no se crea. Y por las dudas, traje el gas paralizante en la cartera, no vaya a ser que despierte y me arruine el crimen con pedidos desesperados de auxilio.

Si me llegara a descubrir alguna vecina no me preocupo, porque la semana que viene cumplo setenta años (igual que la edad de Matilde, "como si fuéramos de la familia" y me daba un ramito de olivo con un beso para Pascuas), ¿dónde andaba? ah... sí... le decía que la semana próxima cumpliré setenta años y como no tengo que dejarle nada a nadie, porque Dios no me dio hijos, ni el diablo sobrinos, ni amigos tengo, y más que otra cosa lo que no tengo, fuera de los libros que ayer doné a la Biblioteca de la Iglesia, es una casa de herencia.

A los setenta, la gente como nosotros no ignora que si caigo (pero tengo todo parejo y sincronizado) me darán arresto domiciliario si descubren la maniobra (ya ve que de algo me sirvió leer los policiales puntualmente), pero igual si no lo hacen, moriré pronto en la villa, porque llegará el invierno en menos de lo que canta un gallo.

Ahora, permítame.
Voy a proceder con usted, don Abelardo.







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II-






EL CÓNDOR.


Un cuento de horror.
EL CÓNDOR.








Estaba sobrevolando la alta cumbre mendocina cuando sintió un impacto en el ala izquierda de su avioneta.
Maldijo acusando a la tormenta que lo había sorprendido contra todo pronóstico. El equipo de radio dejó de funcionar. Intentó usar su teléfono inalámbrico pero la mala racha lo seguía. No tenía señal ni batería.
Al fin aterrizó con la esperanza de que los radares detectaran con facilidad el sitio de su locación.
Fue cuando aparecí delante de él, que había descendido de su helicóptero ante el inminente peligro de explosión
Era más alto y corpulento que yo, pero al verme desplegar mis alas negras y azules el miedo lo gobernó soberanamente, por primera vez.
Nos detuvimos conmovidos por el centelleo de nuestros ojos como frente a un duelo inevitable, hasta que bajó su nublada vista y lloró.
Yo tenía aún la mirada hambrienta.
Y él supo al entregarse, que ya era carroña del destino.